El refugiado iraní que, de la mano de un brasilero, revoluciona la forma de pedir comida en Brasil

La aplicación Foozi nació de las dificultades de sus dos socios y actualmente entrega comida casera de forma directa, de los cocineros a sus vecinos, sin costo adicional por el domicilio.

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El refugiado iraní que, de la mano de un brasilero, revoluciona la forma de pedir comida en Brasil

El funcionamiento de la aplicación Foozi es simple y su premisa es clara: conectar a cocineros autónomos (es decir, que no pertenecen a ningún restaurante) con vecinos que buscan comida casera. La diferencia de la plataforma, si se la compara con otras del mismo estilo, es que no existen tasas de entrega debido a que los platos solo pueden ser vendidos en un perímetro de 600 metros. Inclusive, son los propios chefs quienes llevan los platos hasta la casa del cliente.

La idea surgió de la amalgama de experiencias entre Marcos Zambalde, un empresario brasileño de la gastronomía, y Amir Nasri, un ingeniero y chef de cocina iraní, de 36 años, quien se encontró con algunos obstáculos a la hora de intentar vender platos típicos de su país en Brasil poco después de renunciar a su trabajo en un restaurante de Belo Horizonte, capital del estado de Minas Gerais, ubicado en el sudeste brasileño.

El impulso necesario para poner en marcha el proyecto llegó con un encuentro casi casual. Mientras ofrecía el menú persa entre los vecinos del edificio en el que vivía, Amir fue presentado por la administradora del inmueble a Marcos, quien a esa altura estaba cansado de cierta burocracia para vender comida y ya le daba vueltas al asunto.

“Tuve una pizzería en Betim, Minas Gerais, durante seis años y experimenté muchos problemas con los domiciliarios, por lo cual empecé a pensar en cómo ofrecer comida sin depender del servicio de delivery, con la tecnología como aliada. En 2016 cerré la pizzería y comencé a estudiar cómo conectar cocineros con edificios residenciales, pero más allá de algunos avances no pude dejar la aplicación lista para operar”, cuenta Marcos.

Sin embargo, poco después de visitar uno de los tantos condominios en los que golpeó la puerta, recibió una llamada de la administradora, quien pretendía coordinar una reunión entre Marcos y alguien a quien describió como “una persona que vende comida de su país, trabaja con la esposa y está buscando una oportunidad”. Amir estaba en la búsqueda de una oportunidad, y podría decirse que en ese momento nació Foozi.

“Enseguida nos pusimos a trabajar y la química entre nosotros fue inmediata. Amir se dedicaba a la parte estricta de la cocina y yo le daba vueltas a la parte tecnológica. Nuestro primer test lo hicimos por WhatsApp, y nos fue muy bien. Vendíamos cerca de 10 platos por día; pero a mayor demanda, más desorden. Allí fue que decidimos acelerar la aplicación”, dice el socio brasileño. 

A fines de 2016, tras un primer intento fallido debido a un programador que, según los socios, “se enloqueció y quiso cobrar una fortuna para desarrollar la app”, Marcos y Amir se dedicaron a establecer sociedades con universidades, empresarios del área gastronómica y ferias locales. Todo eso, mientras rezaban para que apareciera el desarrollador adecuado que le diera vida a la aplicación.

En 2017, una empresa de tecnología ayudó a poner Foozi en funcionamiento y la primera experiencia, en versión android, fue todo un éxito. La respuesta de los clientes trajo comentarios positivos y algunas recomendaciones importantes. De a poco, fueron perfeccionando la aplicación hasta llegar más de 600 cocineros en Belo Horizonte.

En ese momento, decidieron apuntar sus objetivos hacia Sao Paulo, la ciudad con mayor cantidad de potenciales clientes, chefs autónomos y personas dispuestas a probar cosas nuevas. Apenas instalaron su operación cerca de la avenida Paulista, corazón de la metrópolis, recibieron más de 2.500 registros de cocineros. Aunque esto podría parecer un buen síntoma, ese número elevado no les permitía trabajar el modelo que deseaban, por lo que decidieron depurar el sistema.

A comienzos de 2020, Foozi fue elegido para ser parte de Startup Zone, programa de Google para startups brasileñas. Allí, Amir y Marcos conocieron a experimentados emprendedores, quienes les ayudaron a entender mejor los desafíos del producto.

Mientras participaban del programa, Amir inauguró un restaurante de comida persa, su especialidad, en la mismísima avenida Paulista. Cuando los vientos parecían estar empujando a los socios hacia el lugar que soñaban conquistar, todos los planes fueron interrumpidos por la pandemia del coronavirus.

Con el nuevo escenario, Amir Nasri volvió a ponerse el traje de principal cocinero de Foozi, más allá de su participación como socio. “Nuestra misión es ayudar a las personas a convertirse en microemprendedores, les enseñamos a usar nuestra aplicación para ganar dinero, y lo único que precisan tener es un horno y una heladera”, dice el empresario iraní.

El coronavirus (COVID-19) no parece ser un gran escollo para Amir, acostumbrado a los cambios de rumbos y, sobre todo, un experto en adaptarse a las situaciones. Miembro de una familia con tradición de oposición al gobierno iraní y con familiares refugiados en otros países, Nasri llegó a Brasil en 2008 por primera vez.

Sin embargo, en 2009 retornó a Irán. En su tierra, montó un grupo de empresas, entre las que había una agencia de turismo y un restaurante. A la par de esas actividades, Amir se convirtió al cristianismo y comenzó a organizar reuniones religiosas y políticas de forma clandestina. Al ser delatado, debió mudarse de Shiraz, ciudad donde vivía, a Teherán, capital del país.

En 2013 recibió una notificación para presentarse frente a la justicia, al ser opositor al Gobierno iraní e identificado con el cristianismo. Amir supo la suerte que le tocaría si se presentaba a declarar, según él mismo cuenta, por lo cual decidió juntar todo el dinero que tenía ahorrado y, junto a su esposa y la perra que tenían por mascota, enfrentaron un viaje de 40 horas hasta Armenia, donde se instalaron provisoriamente hasta que las aguas estuvieran más calmas para emprender el regreso a su país.

Pero la vuelta se fue postergando y el empresario entendió que ya no sería posible. En 2014 consiguió un visado para residir en Brasil y, vía Turquía, se aventuró a una nueva vida. En las antípodas de lo que acostumbraba ser su vida empresarial en Irán, Amir y su esposa comenzaron durmiendo en el fondo de un restaurante en el cual consiguieron su primer trabajo, en Vitoria da Conquista, una de las principales ciudades del estado de Bahía.

“Lloraba por las noches, veía cómo se quemaban mis ahorros y pensé que tal vez había errado al elegir este país”, dice Amir. Sin dominar el idioma, tenía muchas dificultades para darse a entender y aún más problemas para conseguir un empleo acorde a su experiencia.

Poco después, se mudó a Belo Horizonte, donde consiguió alquilar un apartamento justo en el edificio donde conoció a la administradora que se convirtió en su “madre brasileña”, su profesora de portugués y, luego, quien le presentó a Marcos, su actual socio en Foozi y quien lo trajo hasta Sao Paulo, donde sueña con dar a conocer la comida persa.

Durante la pandemia, los socios eximieron a los cocineros de pagar la tasa de 10% que Foozi cobra por cada venta. Además, envían informaciones sobre cómo deben manipular la comida y los envases para evitar contagios.

“Por estos días también estamos trabajando en una reestructuración. Queremos crear una comunidad de cocineros que, a su vez, luego eduque a otros cocineros, y así generar una red. En esta fase de nuestro proyecto, nos estamos enfocando en que los cocineros generen lucros a partir de la aplicación o de la plataforma de pagos por WhatsApp. De esa manera, nosotros no correremos detrás de los clientes, y sí seremos el canal adecuado para los emprendedores gastronómicos”, explica Marcos.

Por último, el socio brasileño del proyecto explica el nombre de la aplicación. “Aunque parezca un nombre persa, en realidad viene de un estudio que hice para encontrar algo parecido a la palabra Food, por comida en inglés. Lo curioso fue que poco tiempo después Amir me contó que la esposa de un antiguo rey de Egipto tenía un nombre parecido, y que esta mujer tenía un fuerte vínculo con las artes culinarias”, explica.



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